El verdadero ABC de la fotografía

La fotografía ha sido, desde hace ya muchos años, una actividad atractiva para mucha gente; para algunos, como un pasatiempo gratificante; para otros, como una oportunidad de ingreso económico; para otros más, como una forma de expresión. Y mientras algunos buscan dónde capacitarse para hacer fotografía, otros compran una cámara y se lanzan al ruedo sin más instrucción que su propia concepción de cómo debe hacerse.
La aparición de los teléfonos “inteligentes” y sus cámaras integradas ha hecho que el número de fotógrafos empíricos crezca exponencialmente mientras el de los “académicos” se rezaga. Por una parte, no he visto muchas escuelas donde se enseñe a usar la cámara de un teléfono, y por otra, con las aplicaciones que existen para el ajuste automático de las imágenes, parecería haber cobrado nueva vida aquel viejo slogan de Kodak de “Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto”.
Los estándares de calidad de una imagen también parecen haber cambiado, pues, al menos para los fotógrafos empíricos, ahora se mide con base en el número de pulgares arriba, corazones o “likes” que reciban en redes sociales.
Fotografía tomada con un teléfono y publicada en redes sociales. © Héctor Ulloa

La realidad es que esto último no cambia los verdaderos estándares, es decir, los que imponen la competencia y los clientes, y el fotógrafo empírico muchas veces enfrenta situaciones en las que, tras entregar un trabajo “profesional”, recibe el rechazo del cliente. Esto debería conducir a que el fotógrafo empírico buscara capacitarse para hacer un mejor trabajo, pero muchas veces no es así. El peso de las redes sociales es tal, que le impide reconocer que su trabajo no estaba a la altura de las expectativas.
Por otra parte, cuando el fotógrafo sí busca capacitarse, enfrenta una nueva problemática, pues una parte considerable de las opciones de capacitación tampoco cuenta con el nivel suficiente para que el egresado haga frente a los retos que se le presenten.
En México hay personas e instituciones que ofrecen cursos, talleres y diplomados de fotografía de muy buen nivel, pero también abunda la oferta “patito”, es decir, aquella que sin tener los conocimientos ni los recursos didácticos necesarios, ofrece convertir al aspirante en un profesional.
La mayoría de estas ofertas “patito” son fáciles de reconocer en que prácticamente se limitan sólo a enseñar al participante a hacer clic y dejan de lado todo aspecto teórico-conceptual. Y, si bien, seguramente hay quien busque sólo eso—aprender a manejar bien su cámara—para quienes ven en la fotografía una oportunidad de trabajo, la publicidad de estos centros resulta engañosa, con frases como “conviértete en un profesional” o “aprende a hacer fotografía como un profesional”. Nada más lejos de la realidad. Aprender sólo a manejar una cámara no hace profesional a nadie. Es como si alguien pretendiera ser mecánico sólo porque puede usar unas pinzas o una llave de tuercas.
Pero las ofertas “patito” no existirían si no hubiera quién estuviera dispuesto a dejarse engañar, la mayoría de las veces, porque no desean invertir ni la cantidad de tiempo ni la cantidad de dinero que una buena capacitación requiere.
Para poder hacer frente a los retos que la buena fotografía impone, hace falta más que sólo manejar la cámara. Hay que aprender sobre iluminación, sobre procesamiento de imágenes, sobre preparación para impresión o para cualquier otra salida que se requiera. Hay que conocer los lentes y los accesorios que puedan hacer falta para el trabajo que se solicite. Pero por encima de todo eso, hay que saber reconocer la calidad, interpretar las necesidades del cliente y convertir una idea en una imagen.
La reticencia a capacitarse mejor proviene, en muchos casos, del hecho de que muchas veces el oficio se hereda de alguna generación anterior y que se cree que porque el negocio ha sido capaz de mantenerse a flote ya se está haciendo buena fotografía. En otras palabras, el fotógrafo de segunda o tercera generación se ocupa de mantenerse dentro de una zona de comfort mientras el negocio le siga dando para comer. Se cree que el conocimiento empírico adquirido del padre o del abuelo basta para considerarse un fotógrafo competente.
Sin embargo, en la actualidad, los retos son distintos y la exigencia, mayor. La globalización y la Internet le han permitido al cliente potencial conocer los niveles de calidad disponibles en otras partes del mundo, creando un marco de comparación mucho más amplio, y quien no esté a la altura de esta nueva expectativa, está prácticamente fuera del negocio. No hace mucho escuché a un fotógrafo quejarse porque en su ciudad, un punto turístico importante, se contrataba a fotógrafos extranjeros, aun con un costo mayor, en lugar de contratar a los fotógrafos locales. No entienden que el problema no es el costo o el malinchismo, es la calidad.
Y la solución es simple y compleja a la vez. Se requiere capacitación, sí, pero también se requiere voluntad para cambiar su forma de trabajar, su forma de ver las cosas, y sentido común para aceptar que vale la pena invertir en esa capacitación, tanto o más que lo que vale la pena invertir en equipo. Después de todo, la cámara no hace al fotógrafo.

www.hectorulloa.com
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