Sobre los cursos de fotografía

En todos los cursos y talleres de fotografía que he visto (y he visto muchos) hay siempre algo que no cuadra: el tiempo.
Los programas son tan ambiciosos, tan llenos de contenido—muy seguramente para hacerlos más atractivos—que no es posible cubrirlos de manera cabal o efectiva en el tiempo que proponen. O, al menos, no es posible sacarles algún provecho en tan corto tiempo sin alguna clase de sacrificio en la calidad o en la comprensión y permanencia del conocimiento. Vamos, es como tratar de hacer una foto nocturna con 1/1000 seg. Sí, quizá algo quede registrado, pero en el mejor de los casos será confuso e inutilizable.
Pero, como dice el dicho, “no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”. Estos cursos y talleres existen gracias a que las personas que ven la publicidad no son capaces de ver la incongruencia o, de plano, no les importa. A final de cuentas, si alguien toma un tour de esos que ofrecen 25 ciudades de Europa en 15 días, quizá no pueda dar detalles de cada ciudad, pero, sin duda, podrá decir que estuvo en Europa.
Así, la gente que toma esos cursos “express” de fotografía podrá no ser capaz de sacar verdadero provecho a su cámara y a la luz, pero siempre podrá decir que tomó un curso.
Los cursos suelen ser reflejo del conocimiento y experiencia de los instructores. Nadie va a enseñar lo que no sabe. Al menos eso es lo que supondríamos, pero en la práctica me ha tocado ver cómo personas sin experiencia tratan de convencer a otros de algo que no es verdad, quizá aprovechando aquello de que “en tierra de ciegos el tuerto es rey”. Y, ¿dónde queda la ética?, se preguntarán. Ésa es una pregunta que bien podría quedar abierta para recibir respuestas en sus comentarios.
Entonces, ¿qué debe contener y cuánto debe durar un buen curso de fotografía?
La respuesta es simple y ridículamente obvia: la duración de un curso dependerá de su contenido. A mayor contenido, mayor deberá ser la duración. Por ejemplo, hay cursos que sólo contemplan el manejo de la cámara y, desde mi perspectiva, éstos no deberían durar más allá de una o dos horas, pues aprender a ubicar y apretar un botón o dos sin explicar el por qué y el para qué no tiene mucho sentido.
Otros muchos cursos y talleres comienzan con “el triángulo de la exposición”, es decir, con una explicación somera del diafragma, la velocidad y el ISO. Esto es prácticamente lo mismo que iniciar con el manejo de cámara. Mientras no haya una explicación clara del por qué y el para qué, toda la información estará incompleta.
Para mí, un buen curso de foto debe comenzar con la luz, no con la cámara. Veámoslo así: sin luz no hay sombras, no hay contraste, no hay volumen, no hay foto. Entonces, un buen curso debería comenzar por ayudar a los participantes a ver, entender y apreciar la luz. Debería comenzar por analizar la cantidad, dirección, calidad y temperatura de la luz con el fin de aprovechar estas cualidades para imprimir una intención a la foto que se pretende lograr.
Quizá el siguiente punto más importante sea el de la composición. No hay mejor manera de hacer una foto intrascendente que ignorando los principios de la composición. Y, sí, he escuchado a mucha gente decir que las reglas se hicieron para romperlas, pero hay que aclarar: romperlas no quiere decir ignorarlas. A menos que se sea un genio, más vale comenzar por lo conocido. Así pues, quizá la regla de los tercios sea de lo más aburrida, pero no conozco a ningún gran científico que haya llegado a donde está sin haber aprendido a sumar y restar o a multiplicar con la tabla del 3. Y sé que no faltará quién diga que Einstein nunca fue bueno en matemáticas, pero Einstein era un genio, no era el común de los mortales. Así que, si no pueden demostrar que tienen un IQ sobresaliente, más les vale comenzar con la regla de los tercios.
Y, entonces, mientras se aprende sobre luz y composición—que bien podría ser mediante el análisis de imágenes, de muchas imágenes de los grandes de la fotografía y la pintura—se puede ir integrando en el programa ese famoso “triángulo de la exposición”, pero ya con una intención, ya con una idea en mente y no como un conocimiento aislado. Cuando el conocimiento tiene un propósito es más fácil apropiárselo. Y aquí es donde entra el contenido.
La principal diferencia entre un disparo al instante (snapshot) y una foto pensada es lo que el fotógrafo trae en la cabeza antes de disparar. Una foto al instante es eso, es capturar un momento para que no se vaya. En esos casos, ni la exposición ni la composición son tan importantes como el momento mismo. La exposición suele dejarse a las capacidades de la cámara y la composición se desprecia en aras de la inmediatez. No está mal, pero para eso no se necesita un curso.
Por su parte, una foto pensada contempla muchos aspectos distintos y requiere que el fotógrafo tenga plena conciencia de lo que está haciendo y de lo que busca lograr. Es decir, suele haber una intención previa que conduce a decisiones sobre la exposición y la composición.
Para Henri Cartier-Bresson, “Hacer fotografía es reconocer—simultáneamente y en una fracción de segundo—tanto el hecho mismo como la rigurosa organización de formas percibidas visualmente que le dan sentido. Es poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo eje.”
Fotografía propiedad de su autor o de sus herederos legales,
utilizada aquí sólo con fines de ilustración.


En otras palabras, si de buscar triángulos se trata, deberíamos comenzar por conectar entre sí lo que vemos, la forma en que está organizado y lo que buscamos expresar. En mi opinión, un buen curso de fotografía no sólo debe enseñar a los alumnos a usar una cámara, sino también a desarrollar esos criterios que les permitan ver, plantearse y lograr resultados, y esto no se aprende en un fin de semana.
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