Y tú, ¿padeces de GAS?

Entre el embate de los fabricantes de cámaras y equipo—que a como dé lugar quieren vender más—y la aparente inconformidad de los consumidores en lo que respecta a la calidad de sus imágenes, ha surgido un nuevo estado de ánimo al que los conocedores llaman Síndrome de Adquisición de Equipo o GAS (por sus siglas en inglés). Éste consiste en comprar nomás por comprar, claro, pensando, a veces, que con el simple hecho de tener mejor equipo basta para hacer mejores fotos, aunque ni siquiera se tenga ganas.

Cuando Cartier-Bresson empezó a tomar fotos, sólo cargaba consigo una cámara Leica (no porque fuera la mejor, como lo pensarían muchos fotógrafos hoy, sino porque no había más) y un lente de 50mm. Hoy, la oferta de marcas y modelos de cámaras y lentes es tan amplia que da lugar a discusiones absurdas sobre qué marca es mejor o sobre qué lente produce el mejor “bokeh”. Desde luego, nadie tiene la razón y, al mismo tiempo, nadie produce mejores imágenes gracias a ello.

Hace muchos años, cuando empezó a crecer la oferta de cámaras y equipo, yo pasé de una cámara Praktica a una Konica, a una Pentax y, finalmente, a una Nikon con un lente de 50mm. Ahí me quedé por un buen rato, hasta que me hizo falta algo más. Entonces, compré un lente Soligor de 135mm. Luego se me antojó un angular y compré un Nikon de 20mm AIS. El único lente zoom que yo había visto en esos tiempos era un Nikon 43-86mm f/3.3 muy extraño. Nunca lo compré. Sin embargo, con el paso del tiempo me hice de un Vivitar 70-210mm de la Serie 1.

Algunos años después, ya había comprado una Nikon F5 (muy pesada) y un zoom 24-120mm. Con eso hacía todas las fotos que necesitaba, pero en mi maleta siempre vivían mi Nikon FE2 (la primera que tuve), una N80 que ya me ofrecía enfoque automático, y una F100 que me vendió prácticamente nueva un fotógrafo de National Geographic. Y, claro, todos los lentes que he mencionado. Al final del día no entendía por qué me dolía la espalda.


Hoy he vuelto a los lentes de longitud focal fija (me gustan más) y, cuando salgo a caminar, sólo cargo un cuerpo de cámara y un lente. Guardo todo lo demás en casa. Sigo usando Nikon. No he cambiado a las cámaras sin espejo, más ligeras, porque no me gusta cómo se sienten en las manos ni me gustan los visores electrónicos. Y de las cámaras análogas, sólo conservo la FE2 con un lente de 50mm, que vive muy tranquila en un librero.

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