Los grandes mitos acerca de ser un profesional

Por todos lados leo o escucho a personas que dicen ser “fotógrafos profesionales” o que usan “cámaras profesionales” o que afirman, con gran contundencia, que los profesionales sólo disparan en modo manual, por ejemplo. Nada más disparatado y alejado de la realidad, en mi humilde opinión.

Para empezar, son las personas, no las cosas, las que pueden ser profesionales. Por otra parte, nadie se hace profesional por el simple hecho de dedicarse a algo o por tener un cierto equipo. Ser profesional es algo que se consigue sólo con el paso del tiempo, cuando se logra combinar un cierto nivel de conocimiento, práctica y experiencia aplicada. Ser profesional es hacer las cosas con un nivel consistente de calidad. Ser profesional es nunca buscar excusas para entregar tarde, mal o incompleto el trabajo a un cliente.

En el caso de la fotografía, un profesional será quien tenga amplios conocimientos sobre lo que hace como para poder resolver cualquier reto que se le presente. Será quien, además, tenga un alto nivel de creatividad y capacidad para desarrollar el concepto bajo el cual habrá de fotografiar algo o a alguien. Es alguien capaz de innovar, de salir exitosamente de lo común.

Y en cuanto a la forma de usar la cámara, no me queda claro por qué habría de disparar sólo en modo manual para ser considerado como un profesional. Creo que el verdadero profesional es aquel que conoce a fondo y sabe sacarle provecho a las herramientas con las que trabaja y no se limita a las funciones básicas de las mismas. La tecnología ha avanzado de manera asombrosa en los últimos años y, en el campo de la fotografía, eso se traduce en mejores y más poderosos procesadores y sistemas de enfoque, mejores sensores, mejor manejo de ruido, etc. Lo que uno paga por una cámara de gama alta es tecnología. Me parece poco sensato, tanto desde el punto de vista económico como desde la perspectiva creativa, despreciar estos avances porque se es “profesional”.

Por ejemplo, en la firma Nikon, desde la legendaria F5 (una verdadera cámara digital que aún capturaba las imágenes en película), entre las características de la cámara se incluye una computadora en el sistema de medición que, durante el proceso de disparo—sí, ese insignificante lapso marcado por el recorrido de nuestro dedo desde que toca el botón del obturador hasta que se completa el disparo—compara la escena a fotografiar con una base de datos de más de 30 mil imágenes, elige la que más se parezca y ajusta la exposición en consecuencia. Asombroso, ¿no? Pues de nada sirve contar con semejante tecnología si no hacemos uso de ella. Es como no tenerla.

En otras palabras, el verdadero profesional es aquel que entiende para qué sirve todo eso que pagó y lo usa. Pero en estos tiempos, a muchos de los que se dicen fotógrafos les cuesta trabajo entender la luz—¿cuántos pueden presumir de ser capaces de calcular una exposición sin exposímetro?—y entonces buscan sobresalir ante sus clientes y sus semejantes adquiriendo equipo caro que, a final de cuentas, no saben usar bien.

Ser profesional no significa tener la capacidad económica para comprar el equipo más caro, sino saber hacer buenas fotografías con cualquier equipo o, en todo caso, saber, con toda precisión, por qué necesitan adquirir un equipo mejor. Conozco a muchos fotógrafos cuyas imágenes simplemente no están están a la altura de los equipos que ostentan.

Piensen por un momento: ¿acaso se dejarían operar por una persona sólo porque ha podido comprar los bisturíes más caros?



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